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La verdad incómoda

Capítulo del libro "La verdad incómoda":
La politización del calentamiento global. Por Al Gore


Al Gore Vicepresidente de Estados Unidos durante los dos mandatos de Bill Clinton, su máxima prioridad ha sido siempre la crisis climática. Fruto de esa preocupación está su reciente película sobre el calentamiento global y el libro 'Una verdad incómoda'. El Pais ha dado a conocer su capítulo más definitivo, que adjuntamos:



La verdad acerca del calentamiento global es especialmente incómoda e inconveniente para algunas personas y empresas poderosas, que ganan enormes sumas de dinero con actividades que saben muy bien que tendrán  que modificar drásticamente a fin de garantizar la habitabilidad del planeta.

Esta gente -especialmente esas pocas personas de las empresas multinacionales que tienen muchísimo en juego- ha invertido muchos  millones de dólares cada año buscando maneras de sembrar la confusión entre el público en lo relacionado con el calentamiento global. Esta gente ha sido particularmente eficaz en la construcción de una coalición con otros grupos que han acordado proteger sus intereses  entre sí, y esa coalición se las ha arreglado para paralizar la capacidad de EE UU de dar una respuesta al problema del calentamiento global. La Administración de Bush-Cheney ha recibido un gran apoyo de esta coalición y parece estar haciendo todo lo que está en su mano para satisfacer sus intereses.

Por ejemplo, a muchos científicos que investigan el calentamiento global para el Gobierno se les ha ordenado que tengan cuidado con lo que dicen respecto de la crisis climática y se les ha dado  instrucciones de que no hablen con los medios. Más importante aún, todas las iniciativas políticas estadounidenses relacionadas con el calentamiento global han sido modificadas según la perspectiva no científica -la perspectiva de la Administración- de que el calentamiento global no es un problema. A nuestros negociadores en los foros internacionales que tratan el calentamiento global se les ha aconsejado que intenten detener todo paso hacia alguna acción que pudiese resultar inconveniente para las compañías productoras de  petróleo o carbón, aun si ello implica perturbar la maquinaria diplomática para conseguirlo.

Además, el presidente Bush designó como máxima autoridad de toda la política ambiental de la Casa Blanca a la persona a cargo de la campaña  de desinformación sobre el calentamiento global montada por las empresas petroleras. Aun cuando este cabildero-abogado no tenía la más mínima formación científica, se le otorgó el poder de corregir y censurar las advertencias de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y  otras agencias del Gobierno acerca del calentamiento global.

Los líderes políticos -en particular el presidente- pueden tener un enorme efecto no sólo en la política pública (especialmente mientras el Congreso estuvo controlado por el propio partido político del  presidente, fue sumiso e hizo cualquier cosa que el presidente deseó), sino también en la opinión pública, especialmente entre sus  seguidores.

Considérese este hecho: aun cuando los estadounidenses en general  están cada vez más preocupados por el calentamiento global, las encuestas de opinión muestran que los miembros del propio partido del presidente le dan cada vez menos importancia al problema, tal vez porque se sienten naturalmente más inclinados a otorgarle al presidente  el beneficio de la duda.

Lógica cambiante

La lógica ofrecida por los llamados escépticos del calentamiento global para oponerse a toda acción que pueda resolver la crisis climática ha cambiado varias veces con los años. Al principio, los  opositores decían que no había ningún calentamiento global; afirmaban que se trataba únicamente de un mito. Pocos todavía dicen eso hoy día, pero ahora hay tantas pruebas innegables que echan por tierra semejante  aserción que la mayoría de los negadores ha decidido modificar su táctica. Ahora reconocen que el planeta se está calentando, efectivamente, pero afirman inmediatamente que eso se debe a "causas naturales".

El propio presidente Bush todavía intenta mantener esta posición, aseverando que aun cuando parece que, en efecto, el mundo se está calentando, no hay ninguna prueba convincente de que los seres humanos sean los responsables del cambio. Y él parece estar particularmente convencido de que las compañías productoras de petróleo y carbón que tanto le han apoyado, jamás podrían tener algo que ver con todo esto.

Otro argumento relacionado que han utilizado los negadores es que,  efectivamente, el calentamiento global parece real, pero probablemente eso sea bueno para nosotros. Y añaden que, por supuesto, cualquier esfuerzo por detenerlo sería, sin dudas, perjudicial para la economía.

Pero el argumento más reciente -y, en mi opinión, el más ignominioso- propuesto por los opositores del cambio es éste: sí, está ocurriendo, pero realmente no hay nada que podamos hacer al respecto, así que bien  podríamos quedarnos de brazos cruzados. Esta facción favorece la continuidad de la práctica de seguir emitiendo contaminación relacionada con el calentamiento global a la atmósfera, aun cuando reconocen que la crisis que eso está produciendo es real y perjudicial.  Su filosofía parece ser "comamos, bebamos y pasémoslo en grande, ya que mañana nuestros hijos heredarán lo peor de esta crisis; resulta demasiado incómodo tomarnos la molestia".

Todas estas lógicas cambiantes dependen, habitualmente, de la misma  táctica política subyacente: afirmar que la ciencia tiene incertidumbres y que hay serias dudas acerca de los hechos básicos.

Estos grupos hacen hincapié en la incertidumbre porque saben que, en EE UU, la política puede quedar paralizada por su causa. Ellos  entienden que es parte del instinto natural de un político evitar asumir cualquier posición que resulte controvertida, a menos -y hasta que- los votantes se lo exijan o la conciencia se lo requiera de manera perentoria. De tal modo, si los votantes y los políticos que los representan pueden ser convencidos de que los propios científicos no se ponen de acuerdo sobre cuestiones básicas del calentamiento, entonces el proceso político puede ser paralizado por tiempo indefinido. Esto es  exactamente lo que ha ocurrido -al menos hasta hace muy poco-, y todavía no está claro cuándo cambiará realmente la situación.

Parte del problema tiene que ver con un cambio estructural de largo plazo en el modo en que opera actualmente el mercado de ideas en EE UU.  La naturaleza unidireccional de nuestro medio de comunicación predominante, la televisión, se ha combinado con la creciente concentración de la propiedad de la enorme mayoría de los medios de comunicación en un número cada vez más pequeño de grandes conglomerados  que mezclan los valores del espectáculo con los del periodismo, lo cual acaba dañando seriamente el papel de la objetividad en el foro público estadounidense. Hoy día hay menos periodistas independientes con la libertad y la estatura necesarias para informar al público cuando importantes hechos son tergiversados de manera permanente con el fin de engañar a la audiencia. Internet ofrece la oportunidad más esperanzadora para restablecer la integridad del diálogo público, pero  la televisión es todavía el medio predominante en el modelado de ese diálogo.

Las técnicas de propaganda que surgieron con los nuevos medios masivos de filmación y comunicación del siglo XX prefiguraron la amplia  utilización de técnicas relacionadas para la publicidad y la persuasión política de masas. Y ahora, la presión de los intentos corporativos de influir y controlar las iniciativas políticas se ha intensificado enormemente, lo cual a su vez nos está llevando a la utilización muy difundida, y a menudo cínica, de las mismas técnicas de persuasión de masas para condicionar las ideas del público en relación con importantes asuntos, de modo que no presten su apoyo a las soluciones  que podrían resultar incómodas -y costosas- para ciertas industrias.

Una de las técnicas constantemente utilizadas en la campaña para detener las acciones contra la crisis climática ha sido acusar repetida  e insistentemente a los científicos que intentan advertirnos de la crisis de ser deshonestos, codiciosos e indignos de confianza, así como de distorsionar los hechos científicos con el fin de engrosar de algún modo sus subsidios para la investigación.

Estos cargos son insultantes y absurdos, pero se han repetido lo bastante a menudo y en un volumen lo  suficientemente elevado -y a través de los megáfonos de tantos medios de comunicación- como para que  mucha gente se pregunte actualmente si esas acusaciones son verdaderas.

Y esto resulta especialmente irónico, dado que muchos de los escépticos reciben fondos y apoyo de grupos con intereses sectoriales
financiados  por corporaciones desesperadas por detener toda acción contra el calentamiento global. Resulta increíble, pero el público ha estado oyendo estas opiniones desacreditadas de los escépticos tanto o más de lo que han oído las ideas consensuadas por la comunidad científica  global. Este hecho vergonzoso constituye una notoria mancha en la historia de los medios de prensa estadounidenses modernos, y, tardíamente, muchos líderes del periodismo están dando algunos pasos para corregirlo. (...)
 
Hemos perdido mucho tiempo, que podríamos haber utilizado para resolver la crisis, a causa de que quienes se oponen a la acción han tenido éxito, hasta el momento, en politizar el problema en las mentes de muchos estadounidenses.

Ya no podemos darnos el lujo de permanecer inactivos y, francamente, no hay ninguna excusa para ello. Todos queremos lo mismo: que nuestros hijos y las generaciones posteriores a ellos hereden un planeta limpio  y hermoso que pueda sostener una saludable civilización humana. Esta finalidad debería trascender la política.

Sí, la ciencia siempre está en proceso y siempre evoluciona, pero ya hay datos suficientes -daños suficientes- como para que sepamos sin  lugar a dudas que tenemos problemas. Éste no es un debate ideológico con dos bandos, uno a favor y otro en contra. Sólo hay una Tierra, y todos los que vivimos en ella compartimos un mismo futuro. En este momento nos enfrentamos a una emergencia planetaria y es tiempo de  actuar, no de suscitar falsas controversias diseñadas para asegurar la parálisis política.

Muchas ciudades de EE UU han "ratificado" por su cuenta el protocolo de Kioto y están haciendo estrategias políticas para reducir la  contaminación asociada al calentamiento global por debajo de los niveles exigidos por el protocolo.

Pero ¿y qué hay del resto de nosotros? En última instancia la pregunta se reduce a lo siguiente: nosotros, los estadounidenses, ¿somos capaces  de hacer grandes cosas, aun cuando pueden resultar difíciles? ¿Somos capaces de trascender nuestras limitaciones y ponernos de pie para asumir la responsabilidad de trazar nuestro propio destino? Bien, la historia nos indica que sí tenemos esa capacidad. Hicimos una  revolución y fundamos una nueva nación basada en la libertad y la dignidad individual. Ganamos dos guerras contra el fascismo de manera simultánea, en el Atlántico y en el Pacífico, y después ganamos la paz que las siguió. Tomamos la decisión moral de que la esclavitud estaba  mal y que no podíamos ser la mitad libres y la mitad esclavos. Hemos curado aterradoras enfermedades como la polio y el sarampión. (...)


Crisis anterior

Hasta hemos resuelto una crisis mundial ambiental antes. Se decía que  el problema del agujero de la capa estratosférica de ozono era insoluble, porque sus causas eran globales y la solución exigía cooperación de todos los países. Pero EE UU asumió el liderazgo con un presidente republicano y un congreso demócrata. Preparamos el borrador  de un tratado, garantizamos un acuerdo mundial en torno a él y comenzamos a eliminar las sustancias que causaban el problema. Actualmente, en todo el mundo, estamos ya inmersos en el proceso para resolver la crisis de la capa de ozono. (...)

Tenemos que escoger algo diferente: hacer del siglo XXI un tiempo de renovación. Aprovechando la oportunidad que esta crisis encierra podemos liberar la creatividad, la innovación y la inspiración que son parte de nuestra herencia tanto como lo es nuestra vulnerabilidad a la codicia y la mezquindad. La decisión es nuestra. La responsabilidad es nuestra. El futuro es nuestro. (...)

La Tierra es nuestro único hogar. Y es lo que está en juego. Nuestra  capacidad para vivir en el planeta Tierra, para tener un futuro como civilización. Creo que ésta es una cuestión moral.

La capa de ozono y los gases de efecto invernadero

HABÍA UNA VEZ UN FRIGORÍFICO que podía matarle. Los primeros modelos  utilizaban gases tóxicos y explosivos para mantener fría la comida. Pero luego, en 1927, el químico Tomas Midgley inventó los clorofluorocarbucos -o CFC- para reemplazar esos gases. Promocionados como una innovación, los CFC revolucionaron la refrigeración y, en su  momento, esta familia de sustancias aparentemente inofensivas fue abriéndose camino hacia todo tipo de productos. (..) Hacia 1974 se habían vendido millones de refrigeradores con CFC en su interior en todo el mundo. Entonces, dos científicos comenzaron a observar con  mayor detalle cuál era su impacto. Los doctores F. Sherwood Rowland y Mario Molina propusieron la teoría de que, al elevarse hacia la parte superior de la atmósfera, las moléculas de estas sustancias eran disgregadas por el sol, lo que causaba la liberación de cloro en la  capa de ozono e iniciaba una peligrosa reacción en cadena.El ozono es una simple combinación de tres moléculas de oxígeno que, cuando está en la estratosfera de la Tierra, nos protege de los rayos más peligrosos  del Sol. Rowland y Molina suponían que el cloro se mezclaba con el ozono en la superficie de las partículas de hielo de la estratosfera y que cuando la luz del Sol incidía sobre ellas, el cloro corroía esta frágil piel protectora, dejando pasar libremente los rayos  ultravioletas del sol a través de la atmósfera y dañando con ello la salud de plantas y animales, causando cáncer de piel y hasta constituyéndose como amenaza para nuestra vista.Estos científicos, junto con Paul Crutzen, compartieron el Premio Nobel en 1995 por su  trabajo en química atmosférica. Y lo que es más importante todavía, hicieron sonar las alarmas. (...). En 1987, 27 países firmaron el Protocolo de Montreal, el primer acuerdo global para regular los CFC. Con la mejora de la ciencia, más y más países se han agregado a la  lista. El último recuento daba 183. Desde 1987, los niveles de los CFC se han estabilizado o han declinado. (...)Controlar los gases invernadero será más difícil, porque el dióxido de carbono –el principal causante del efecto invernadero- está más relacionado, de un  modo más estrecho, con la economía global de lo que los CFC lo han estado jamás. Modificar los métodos de nuestras industrias y cambiar nuestros hábitos personales constituirá un desafío (...).


Fuente : El País

http://www.eListas.net/foro/redibericadeluz