Cartógrafos espaciales

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1 dunya haritasi piri reis kitab i bahriye

Colaboracion de Olman Aguilar

¿Cómo es posible que mapas de los siglos XVI al XVIII detallen con precisión milimétrica el continente antártico, que no fue descubierto hasta 1818? Y lo que es más, ¿cómo se explica que esos mapas lo dibujen sin hielos, cuando hace 6000 años sus costas están literalmente congeladas. Los cartógrafos los tienen así de claro: ellos copiaron sus mapas de cartas de navegación diseñadas en la oscura noche de los tiempos. Pero ¿por quién?

 A principios de los años treinta, durante una inspección de los fondos del antiguo palacio imperial de Topkapi, en Estambul, se descubrió un viejo mapa pintado sobre piel de gacela en una polvorienta estantería de madera. Pronto se supo que el mapa en cuestión fue diseñado en 1513 por un almirante de la flota otomana llamado Piri Reis. Este hombre, un navegante de reconocido prestigio en su época, que incluso llegó a publicar un libro – el Kitabi Bahriye- en el que describe palmo a palmo el Mar Egeo, dibujó con extraordinaria precisión las costas atlánticas de África, la Antartida, España y Sudamérica sobre aquel pedazo de piel. Y lo hizo tomando los datos necesarios de un buen número de mapas antiguos cuyo origen nunca ha llegado a esclarecerse.
Pese a la extraordinaria precisión geográfica que demuestra ese mapa, tuvieron que pasar casi tres décadas hasta que un profesor de Historia de la Ciencia de New Hampshire (Estados Unidos) se interesara por él. Charles Hapgood – el profesor en cuestión – no tardó en poner en manos del Escuadrón de Reconocimiento Técnico de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos (USAF), encargado de la cartografía militar norteamericana, una copia del mapa del Almirante Reis con la intención de comprobar la precisión de sus contornos. El 6 de Julio de 1960, el teniente coronel Harold Z. Ohlmeyer redactó sus conclusiones. En ellas admitía que la costa antártica que representaba el mapa tuvo, forzosamente, que "ser cartografiada antes de que fuera cubierta por la capa de hielo". Y añadía que, en nuestros días, "la capa de hielo en esta región tiene más de un kilómetro de grosor".
Las precisiones del teniente coronel Ohlmeyer despertaron todas las alertas de los científicos. Tal y comoHapgood no tardó encalcular, las regiones antárticas cartografiadas por Reis estuvieron libres por última vez de hielos hace al menos... ¡6.000 años! Esto es, varios siglos antes de que -según la cada vez más malherida arqueología ortodoxa- surgieran los primeros vestigios de la cultura egipcia en el delta del Nilo. Y es que, si en el 4.000 a.C. no existía "oficialmente" ninguna civilización desarrollada sobre el planeta,
¿cómo pudo haber alguien que cartografiara esas regiones hace tanto tiempo? Y lo que es más, ¿tan antiguos eran los mapas en los que se basó Reis para confeccionar su hoy famosa carta marina?
Por fortuna para nosotros, el Almirante Reis lo dejó bien claro: él no "inventó" su mapa, sino que se limitó a copiar varios otros mapas antiguos a los que había tenido acceso en la Biblioteca Imperial de Constantinopla. Según el profesor Hapgood, muchos de los mapas custodiados en el siglo XVI en ese recinto habían llegado hasta allí gracias a marineros fenicios. "Tenemos evidencia -asegura Hapgood – de que éstos los consultaron y estudiaron en la gran Biblioteca de Alejandría (Egipto) y que esas compilaciones fueron hechas por geógrafos que trabajaron allí". Tampoco hay que perder de vista que, durante la Tercera Cruzada, los venecianos asaltaron Alejandría y muchos de los marineros de ese puerto italiano comenzaron a manejar mapas de precisión justo a partir del año 1204. ¿Fue, pues, el saber acumulado en el antiguo Egipto el que copió Piri Reis en su mapa?
Un "pequeño detalle", denunciado hasta la saciedad por el científico espacial francés Maurice Chatelain (que falleció, por cierto, recientemente en California), tiende a asentar esta tesis. Según Chatelain, la deformación que presentan las líneas de costa en el mapa de Piri Reis obedece a que esta carta "representaba una proyección plana de la superficie esférica de la Tierra tal y como podría ser vista hoy por un astronauta situado a una gran altura sobre Egipto". Efectivamente. Una foto de satélite tomada a 4.300 kilómetros sobre la vertical de El Cairo mostraría, exactamente, esa deformación de las costas... lo que ha permitido a cientificos de la talla de Chatelain suponer que el mapa de Piri Reis es, en verdad, una copia de enésima generación de un mapa antiquísimo realizado desde la vertical de la moderna ciudad de las pirámides de Gizéh.
Sea como fuere, la precisión del mapa de Reis no se detiene ahí. El Almirante turco ubicó en su longitud y latitud correctas Sudamérica y África. Empresa, por cierto, nada fácil si tenemos en cuenta que hasta el siglo XVIII nuestros marineros no pudieron calcular con precisión las longitudes, al carecer de cronómetros que ofrecieran márgenes de error de pocos segundos. No obstante, y para ser ecuánimes, debe reconocerse que Piri Reis cometió ciertos "errores", como repetir dos veces el curso del río Amazonas o el de ignorar la existencia del río Orinoco. Sobre el primero, el profesor Hapgood atribuye el "fallo" a que el Almirante copió de mapas distintos dos veces el mismo río; y lo demuestra argumentando que si bien uno de esos Amazonas recoge la isla de Marajo en su delta, el otro no lo hace porque está basado en una carta de hace ¡15.000 años!, cuando todavía Marajo estaba unida al continente... En cuanto al Orinoco, Hapgood disculpa a Piri Reis argumentando que, en lugar de este rio, el Almirante dibujó dos profundos entrantes en el continente que debieron transformarse en el río hace también varios miles de años. Las rotundas afirmaciones de Hapgood cortan el aliento aún más de dos décadas después de ser formuladas. De hecho, recientemente, idéntica tesis ha sido retomada por el periodista e historiador Graham Hancock en su obra Fingerprints of the Gods, en la que pretende demostrar que hace más de doce mil años habitó la Tierra una cultura muy desarrollada, científica y tecnológicamente. Su libro, que ha merecido toda clase de críticas por haber pasado de largo investigaciones previas de expertos como Sitchin o Von Daniken, conduce hacia otros mapas antiguos que bebieron de las mismas misteriosas fuentes documentales que Piri Reis y que recogen las mismas cartografías "imposibles" subglaciales de la Antártida, así como costas en su época aún no descubiertas. El ejemplo más destacado es el mapa antártico de Oronce Finé, trazado en 1531. Su descripción del continente helado se ajusta casi totalmente a las cartografías de la Antártida desarrolladas a partir de su descubrimiento oficial en 1818. Y es que -permítase la licencia lingüistica- Finé hiló muy fino, pues no sólo dibujó detalles de sus costas no descubiertos hasta fechas recientes, sino que ubicó correctamente el emplazamiento del Polo Sur, trazando su mapa gracias a cartas necesariamente elaboradas, siempre según el profesor Hapgood, "cuando las costas debían estar libres de hielos". Hapgood quedó fascinado con este mapa. Llevó copias del mismo al doctor Richard Strachan, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), para su análisis, confirmando que Finé copió su carta de otras anteriores y que las originales muestran el perfil de los ríos antárticos con el aspecto que debían presentar hace seis milenios, antes de que los depósitos de sedimentos modificaran parte de su aspecto.
Pero Finé no fue el único en copiar esos misteriosos "mapas madre". Un contemporáneo suyo, apodado Mercator -y al que muchos identifican con el célebre cartógrafo Gerard Kremer –, trazó un Atlas en 1569 en el que ubicaba con precisión lugares descubiertos muchos siglos más tarde, como el Mar de Amudsen o el Mar de Bellinghausen. Lo cierto es que Mercator tuvo lazos muy estrechos con Egipto, llegando incluso a visitar la Gran Pirámide en 1563. Y no sería descabellado suponer que, fruto de esas conexiones, Mercator obtuvo los "mapas madre" (o copias de los mismos, perdidas hoy) que le sirvieron de documentación para su obra. Una obra, por cierto, que sirvió de guía doscientos años más tarde a Philippe Buache, un cartógrafo ochocentista que también dibujó la Antártida desprovista -esta vez en su totalidad – de hielos. Un mapa que, por cierto, no ha podido "imitarse" hasta que los científicos obtuvieron nuevos datos de este continente en 1958, con motivo del Año Geofísico Internacional.
¿No son los datos contenidos en estos mapas un indicio más que sólido de la existencia de un saber muy anterior al que admite la historia? La respuesta a esta interrogante sólo puede ser afirmativa.

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